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30 de julio de 2008

¿Por qué ladran y rebuznan? (I)

Hace casi un mes que salió, los ladridos y los rebuznos no han cesado. Lo que salió, claro, es el famoso Manifiesto por una lengua común. Como residente en una Comunidad Autónoma oficialmente bilingüe (y pónganle toda la cursiva que quieran), tenía especial interés en leerlo, para ver por qué ha generado tanta polvareda.

Para acortar el camino, voy directamente a analizar las propuestas del Manifiesto:

A. Lengua y educación. Lo que se pide aquí no es otra cosa que se garantice el derecho de los padres a elegir la lengua en que han de ser educados los hijos. ¿O es que los padres no tienen ese derecho? Y concretamente, que el sistema educativo garantice, en todo el territorio español, el conocimiento de la lengua común, que es la castellana. Nada hay que objetar a ello, puesto que el artículo 3 de la Constitución establece que los españoles tienen el deber de conocer la lengua española y el derecho de usarla, como lengua oficial que es de la nación española.

Es decir: nada de ghettos lingüísticos, nada hay de lo que dicen los que ladran o rebuznan. El sistema educativo público debe garantizar que un/a muchacho/a (para no ser sexistas), al terminar la educación secundaria obligatoria, conoce suficientemente ambas lenguas. Si atendemos al hecho de que al menos en Cataluña es imposible hoy encontrar una escuela pública (claro que hay privadas: que se lo pregunten a Montilla, que escolariza a sus niñas en el trilingüe Colegio Alemán, no en la escuela pública, como podría deducirse de su presunta ideología) en la que se escolarice a los niños en castellano, convendremos en que esa obligación es sistemáticamente incumplida por Cataluña, en donde, además, se racanean horas de castellano.

B. Lengua, Administración y comercio. Tampoco aquí se pide nada del otro jueves. Se pide que el ciudadano entienda a la Administración cuando ésta le exige algo. También se incumple sistemáticamente esta obligación, puesto que en Cataluña los impresos oficiales suelen llegar a los domicilios exclusivamente en catalán.

Tampoco está de más sugerir que el castellano sea la lengua vehicular entre Administraciones. Lo digo más que nada para evitar el sonrojo y el ridículo de ciertos episodios ocurridos entre la Generalitat y las Juntas de Extremadura y Andalucía. La Generalitat, dando muestras de aldeanismo supino, les mandó sendos oficios en catalán fabriano sin traducción (som una nació) y las Juntas, naturalmente, respondieron en su lengua propia: castúo y andalú cerrao, respectivamente.

En cuanto a los bares… ¿qué quiere que le diga? Pues que está bien que cada propietario de bar hable como quiera: que el que quiera hacerlo en catalán, lo haga en catalán; y el que quiera hacerlo en castellano, que lo haga en castellano. Oponerse a esto significa colocar en cada bar un chivato, que informará debidamente al comisario lingüístico de turno sobre el abuso de la lengua extranjera en un determinado local; lo que, naturalmente, se traducirá en una hermosa multa lingüística de 600 euros mínimo. En el mejor estilo nazi, desde luego. Retengan esta palabra: Blockleiter.

C. Lengua y rótulos. Tampoco está fuera de razón que las señales de tráfico, los rótulos en los edificios oficiales consten en ambas lenguas. Un señor de Ciudad Real que no reside en Lleida, por ejemplo, no tiene por qué conocer lo que significan los rótulos escritos en la lengua propia (qué eufemismo) de la tierra cuando va conduciendo o cuando debe dirigirse a una dependencia administrativa para algún tipo de gestión. En otro post examinaremos motivaciones e implicaciones de lo que estamos exponiendo aquí.

D. Lengua y políticos. Bueno, hemos llegado a la madre del cordero. Ya avanzamos aquí que esto de la lengua es un problema político, no social. Pero volviendo al Manifiesto, dice así en su apartado 5º:

Los representantes políticos, tanto de la administración central como de las autonómicas, utilizarán habitualmente en sus funciones institucionales de alcance estatal la lengua castellana lo mismo dentro de España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones características. En los parlamentos autonómicos bilingües podrán emplear indistintamente, como es natural, cualquiera de las dos lenguas oficiales.

Me imagino que cuando dice "ocasiones características" se refiere a la Diada "nacional", o a la de Sant Jordi. En lo demás sigo estando de acuerdo: no hay necesidad de llevar consigo un traductor de euskera cuando Ibarretxe pretenda hablar con Juan Vicente Herrera, o Touriño con Álvarez Areces: se pueden entender todos ellos perfectamente en castellano. Y en cuanto a los Parlamentos autonómicos, allí donde exista cooficialidad de lenguas no debe existir problema alguno para usar cualquiera de las lenguas cooficiales.

29 de septiembre de 2007

Castilla, la gran olvidada

Quizá también Castilla-La Mancha, pero en esta entrada mi intención es referirme a Castilla-León (mejor aún: Castilla La Vieja, denominación de rancio abolengo). Olvidada de siempre, a pesar de ser el fundamento de España (mucho, en verdad, le debe la esencia de lo español a Castilla). Debo agradecer aquí al amigo Alberto Esteban que un post suyo sea la inspiración para esta entrada. Parte de mis raíces están en esa región (concretamente, se reparten entre Valladolid y Segovia), así que me considero suficientemente legitimado como para dar opinión.


Que Castilla es la gran olvidada de España, estamos todos de acuerdo. Es la Comunidad donde menos dinero se da y menos se invierte. Ahora bien, en mi modesta opinión, Castilla es la gran olvidada por lo menos desde 1898, desde que perdimos Cuba y Filipinas. En ese año —o en esos años— eclosionan las nacionalismos periféricos, que vistos ahora con la distancia del siglo, suenan más a «¿España no nos da de comer? Pues nos vamos de España». Y nace la famosa generación del 98, a la que «le duele España» (Castilla, en realidad), que ha dejado de ser reina y señora para convertirse en poco menos que campesina con abarcas…


... abarcas traigan calzadas,

que non zapatos con lazo…


le dice Rodrigo Díaz de Vivar al futuro rey Alfonso VI. El rey, aunque espantado, jura; pero al mismo tiempo, expulsa al Cid de sus dominios por haberlo humillado tan notoriamente. Esta soberbia castellana es capaz del mayor heroísmo cuando se ve puesta a prueba. Véase, si no, el gesto de Guzmán el Bueno, que a muchos gusta referir todavía con el comentario admirativo: «Hay que ver cómo somos, ¿eh?». Pero es también (en parte, al menos) la culpable del atraso de la región: quien más, quien menos, en la historia, ha cambiado las oportunidades de progreso de la región por el reconocimiento de su condición de castellano viejo (no mezclado con sangre judía o morisca). La insistencia en el linaje («Nos no venimos de reyes, que reyes vienen de nos») es la que ha dejado atrás a Castilla muchas veces. Se criticó esta insistencia en el Lazarillo (recordemos el hidalgo toledano) y la criticó también José Cadalso en sus Cartas marruecas. Nada que hacer. Tan castellano viejo era el hidalgo de 1780 como su antepasado de 1080, que se batió el hierro contra los moros.


¿Y en la Edad Contemporánea? Desde que perdió los últimos restos de su esplendor imperial, Castilla se volvió sobre sí misma y quiso permanecer fuera del tiempo. La estructura caciquil heredada de la Restauración funcionaba perfectamente e impedía que el progreso llegase a las tierras castellanas. Poca industria, poca comunicación, poca cultura. Era esencial que todo se mantuviese «como siempre». Pero así como en otras tierras esta situación provocó el éxodo hacia las ciudades industrializadas (concretamente, a Barcelona, a Madrid o a Bilbao), en Castilla apenas se produjo éxodo alguno. Ni siquiera el régimen franquista, que tanto alardeaba de símbolos españoles, se acordó de Castilla. Las mejores industrias se fueron a Cataluña o a Vascongadas, dejando a Castilla apenas el trigo, las viñas de Rueda y el yermo restante.


La democracia, que supuestamente iba a traer la felicidad a los españoles, tampoco ha sido muy misericordiosa con Castilla. Tal como menciona el amigo Alberto Esteban, le quita su salida al mar (Cantabria) y legitima la escisión en dos Castillas, colocándose Madrid como una especie de isla independiente por su condición de Villa y Corte. Pero lo peor no ha sido eso. Lo peor es que Castilla-León ha padecido una sucesión de gobernantes grisáceos, poco o nada visibles para el resto de España. Por decir algo, yo apenas si sé qué aspecto tiene Juan Vicente Herrera y si dice cosas puestas en razón o bobadas solemnes. Todo lo contrario de los nacionalistas protestones o del extremeño Ibarra, caracterizado por abrir su gran bocaza. Quizá también haya que achacar la culpa a buena parte de la sociedad castellana, no demasiado interesada en que cambien las cosas y de que el proletario se acerque socialmente al oficinista y éste al funcionario de alta graduación. No es más —ni menos, desde luego— que la rémora histórica del orgullo y del linaje. ¿Dónde se vio que un castellano viejo se ocupara de las artesanías o del comercio? Eso es cosa de moros y de judíos y está maldito de la religión como ocupación baja que es.


Suponemos que hoy en día poco debe quedar de eso. Hoy los veterocastellanos pueden sentirse tan orgullosos de su historia como los navarros o los asturianos. Y francamente, da pena ver como yo vi una pintada en una pared de Segovia que rezaba así: «Castilla, sin León, mucho mejor» (igual que me da pena ver pegatinas con la leyenda: «Esto es el país leonés»). El virus nacionalista penetrando —o siendo inoculado— en la polvorienta tierra castellana, a la que sólo le falta pelearse consigo misma para acabar en la nada. No queda sino acordarnos precisamente de ese verso del Cantar de Mio Cid, recitándolo por lo bajo, no sea que nos traten de «fachas peperos» y no sé cuántas maldades más…


¡Oh, qué bon vassallo si oviesse bon señor!


Ésta ha sido la desgracia de Castilla La Vieja: que casi nunca ha tenido buenos señores. Como España.


P.D.- Me permito copiar aquí el comentario del usuario Chinito, que no tiene desperdicio.

Castilla es la gran olvidada de España y la más perjudicada por el nefasto sistema autonómico que destroza nuestra Nación desde hace treinta años.
Puedes ver como se fragmentó en cinco trozos sin apenas ningún fundamento histórico ni cultural. No tiene ningún sentido, por ejemplo, desgajar a Cantabria, que siempre fue el puerto y la sede de la Armada de Castilla, ni lo que nos hicieron a los madrileños dejándonos solos, cuando la mayoría nos sentimos castellanos ¿Qué vamos a ser si no? (Y menos mal que aquí se ha gobernado bien, menos cuando estaban los sociatas).
Algunos piensan que los nacionalistas periféricos debieron de meter baza en este asunto. No interesaba una Comunidad grande y con fuerza que les hiciera sombra. Únase a esto la ambición de algunos políticos castellanos y manchegos que prefirieron crearse un chiringuito propio y ya tenemos el despropósito hecho.
Por otra parte, tienes razón cuando dices que desde la Junta no se hace lo suficiente. Deberían ser más enérgicos y menos complacientes. De otro modo, Castilla, la esencia de España, languidecerá lentamente y eso no conviene nada más que a los enemigos de nuestra Patria.
Saludos afectuosos.-

18 de septiembre de 2007

Galescola rima con ikastola

¿Quién iba a decir que los gallegos, con su variante de «nacionalismo tranquilo» (falar galego formaba parte de la normalidad y podía convivir perfectamente y sin fricciones con el hablar castellano) hayan escogido la senda de la histeria a la catalana o a la vasca? Todo fue salir O Abuelo de la poltrona y empezarse a cocer estos desaguisados. Que sí, que Fraga tal vez llevaba demasiado tiempo en la silla presidencial y que tal vez no era malo un cambio de aires (pero «veinte años no es nada», que dice Gardel). Los nubarrones no se hicieron esperar en cuanto la coalición «de progreso» ganó las últimas elecciones.


Y así como en Baleares, gracias al Pacte dels Pobrets (huy, no: se dice de Progrés), han recuperado la cabra autóctona, en Galicia, con el Pacto dos Pobriños, ese monstruo bicéfalo que gobierna las dulces terras galegas, están «recuperando» el tiempo supuestamente perdido tras veinte años de gobierno del PP. Y ahora está resultando también que son más nacionalistas que nadie y que quieren formar nacionalistas desde la cuna. Han «aprendido» la lección vasco-catalana y si antes resulta que quien no quería o no podía falar galego seguía siendo un gallego más, hoy resulta que es «un enfermo», merecedor además de tratamiento de choque.


Me imagino que para este cambio tan brutal han servido las amistades que Anxo Quintana ha cosechado en esa cosa llamada «Galeuscat». No es difícil ver la mano de Spock Ibarretxe o de Mas, que parece salido de Shrek (sí, es el príncipe encantador, ése a quien su mamaíta Pujol no ha conseguido sentar en la poltrona de la Generalitat) en algunas iniciativas del verdadero Presidente de la Xunta.


Mientras tanto, ¿es casualidad, coincidencia o acción del enemigo? Aparecen grupos radicales de extrema izquierda a quienes no les importa montar un cirio con tal de mandar. La seguridad ciudadana se va por el retrete, algo que en Cataluña viene ocurriendo hace tiempo con los que discrepan en voz alta del discurso oficial. Vamos, que al lado de éstos de ahora, los miembros del Exército Guerrilleiro do Pobo Galego Ceibe eran unos aprendices, a pesar de haber colocado unos explosivos en la casa de Fraga de Perbes.


Y ahora, por fin, la guinda: un señor pretende que os nosos filliños aprendan el Fogar de Breogán a la tierna edad de… 0 años. Bueno, que te dan tres; pero como a los tres años el niño no lo haya aprendido, prepárate para que la criatura sea tratada como una enferma y que le administren tratamiento de choque. Claro, eso es lo primero y principal: que os nenos aprendan a amar la terra galega a golpe de himno. Y de paso, que aprendan también que la naiciña de los gallegos buenos es Galiza (eso de «Galicia» sólo lo dicen os bobos do cu como Francisco Vázquez y los del PP, claro)


Después, cuando crezcan un poco —pero no demasiado— se les explica que más abajo del Tuy está la tierra prometida de los gallegos buenos, o séase, Portugal. Tierra de la que se separaron en 1385, volvieron a unirse en 1580 y se separaron definitivamente en 1640. Claro, ellos no pueden decir Galiza Sur como los vascos dicen Euskadi Sur o los catalanes podríamos decir Catalunya Sud refiriéndonos a Valencia, porque Portugal es nación independiente y soberana. No. Los independentistas gallegos, que como se sabe, no se sabe si suben o si bajan, quieren en realidad cambiar de naiciña. Quieren ser portugueses. El problema es que a éstos ya les cayó de la patada que Saramago, ese gurú progre, propusiera una reedición del Pacto Ibérico, así que tampoco es probable que quieran completar su vista al Atlántico llegando a la Costa de Morte.


Por otro lado, Galiza padecerá siempre de espacio vital. Hacia abajo ya hemos visto que no puede ser. Más al Norte y al Oeste tienen o ancho mar. ¿Y al Este? Bueno, la cosa se pone espesa: al Este tenemos a Asturias, que arrogantemente dice «Esto es España y lo demás, tierra conquistada». Y que aunque son tan celtas como los gallegos, los asturianos les miran por encima del hombro. De hecho, posiblemente la única forma de que un gallego y un asturiano confraternicen sea a través de una buena ronda de cerveza. Eso sí, sería difícil saber quién la iba a pagar… El caso es que por el Este la cosa está cerrada; y si algún día las huestes de Anxo Quintana pretendiesen comer terreno a Asturias, no es difícil imaginar que éstos contraatacarían al son de la Busindre Reel de Hevia.


Con estas hebras no es difícil imaginar que Anxo Quintana cree un problema para dentro de veinte años. Jóvenes a quienes se les habrá explicado el mito de Galiza y que tarde o temprano estarán dispuestos a dar su vida (y sobre todo la de los demás) por esa supuesta patria nacida de la imaginación calenturienta de los Beiras y compañía. Y que a diferencia de sus colegas vascos o catalanes, pondrán bombas para integrarse. Ya lo decían Os Resentidos hace veinte años: «Galicia, sitio distinto». El caso es poner bombas y no ser menos que los independentistas catalanes o vascos. Oruxo de Porriño, queimada de Monforte y lacón do Ferrol: no hay nada mejor bajo el sol.


Eso sí. Que vigile mucho Anxo Quintana, que como se pase de la raya y empiece a brillar más que Zapo, éste le echará meigallo y entonces ya se puede retirar. Y no le salvarán ni las meigas ni la Santa Compaña, pobriño…

15 de septiembre de 2007

Sin comentarios


Debo a mi amiga Martha Colmenares estas imágenes. Las imágenes hablan por sí solas. Esto es lo que algunos jóvenes descerebrados entienden por democracia, bien aleccionados por gente que nunca aparecerá en un vídeo de éstos, que nunca se manchará las manos. Todavía no han entendido que así es como llegamos a la dictadura franquista. Y luego pasarán otros cuarenta años lloriqueando. Eso sí, desde México o Venezuela... Frente a estas imágenes, uno se avergüenza de sentirse catalán y no se siente representado por estos energúmenos. No menos lamentable es la pasividad de la policía, aunque eso sería merecedor de otro post.

13 de septiembre de 2007

De Diadas y otros menesteres pequeños

Anteayer se celebró la Diada Nacional de Catalunya. Siempre es agradecido hablar de un acto institucional de esta envergadura, porque todos los años se producen incidentes a cuenta de los exaltados. La «novedad» es que este año les ha tocado también recibir a los de CDC, reconocimiento implícito de que unos y otros no viajan en el mismo barco. Pero lo lamentable no ha ocurrido donde estaban los políticos, aunque el hecho de que el PPC se personara ante el monumento a Rafael de Casanova para la ofrenda floral ya era motivo suficiente para soliviantar a los exaltados. Lo lamentable ha ocurrido de la mano de ese agitador vocacional y actor a ratos perdidos Joel Joan, que se ha sentido obligado a tomar el testigo de mossèn Xirinacs y se ha declarado «amigo de ETA», motivo de sobra para aplicarle la legislación antiterrorista.


Ya hemos hablado en la entrada anterior del componente mitológico (que no histórico) del nacionalismo catalán, que al igual que el vasco, se vuelve independentista a partir de los años treinta del siglo pasado. Lo lógico sería establecer algún hecho que, al menos, fuese verdad, puesto que Rafael de Casanova no fue, en modo alguno, un precursor independentista. Tal vez habría que remontarse más atrás: por ejemplo, al año 988. En ese año, tras una razzia de Almanzor sobre Barcelona, el conde Borrell II pidió ayuda para reconstruir Barcelona al rey de Lotario de Francia y éste se la negó porque también estaba hasta arriba de problemas. Ante la negativa, el conde proclamó su independencia respecto de su señor francés rompiendo el pacto de vasallaje que unía a ambos. Quién sabe por qué, este hecho no es celebrado por los independentistas, que se agarran a una falsedad.


Mucho me temo que si alguna vez llega Cataluña a la «independencia», a Joel Joan y a otros compañeros como él que jalean el asunto los mandarán a casa. No sería la primera vez que ocurre, puesto que algo parecido ocurrió con los Setze Jutges y a otros representantes del movimiento cultural catalán que se destacaron durante el tardofranquismo en la «lucha por las libertades de Catalunya» y por los «Països Catalans». Así lo denunciaba Quico Pi de la Serra en un reportaje sobre la Nova Cançó que emitió TV3 hace algún tiempo. Se quejaba el cantautor de que, una vez aprobado el Estatut (1979), los políticos les dijeron: «Apa, ja podeu tornar a casa» («Hala, ya podéis volver a casa»), sin demasiadas contemplaciones ni miramientos.


Quien mejor comprendió el mensaje fue Serrat, que en ese momento hizo profesión de fe y se dijo: «Renovarse o morir». La Trinca, por su parte, se pasó a la televisión, donde la cantidad de dinero que iban ganando era directamente proporcional al alejamiento de su antiguo ideario hippie, ecologista y antisistema. Al verlos ahora, nadie diría que en 1972 cantaban esto


Xauxa, Xauxa,

serà una gran ciutat,

sense cap dels vells defectes

de la vella societat.


Xauxa, Xauxa,

país meu ideal,

on farem la gran disbauxa

i farem, farem l'animal.


(Jauja, Jauja, será una gran ciudad / sin ninguno de los viejos defectos / de la vieja sociedad. Jauja, Jauja, mi país ideal / donde habrá la gran jarana / y haremos el animal).


De los otros, Llach siguió cantando en catalán acercándose a los independentistas (que adoptaron como himno L'estaca, aunque últimamente ya no la cantaba ni su mismo autor) yendo de la manita con Raimon, el último de la guitarra, y Ovidi Montllor, creando así la ilusión pancatalanista a ambos lados del Ebro. Y el resto del resto, aunque siguió sacando algún disco (el propio Pi de la Serra), acabaron retirándose de puntillas o tocando para los cuatro amigos en reuniones domésticas, todos ellos dedicados a la «poesía pura».


Sin ese componente cultural, que conecta al pueblo con la clase política que escribe la historia, la Diada se queda en celebración «institucional» (eufemismo que sirve para no decir que es «el día de la foto») y en «día de fiesta» para el pueblo. En la retina de muchos, por el contrario, quedará la imagen de la Diada de 1976, cuando espontáneamente (ahí sí: no existían los móviles) salieron a la calle miles de barceloneses pidiendo el Estatut y celebrando la fecha de forma mucho más reivindicativa. Una imagen irrepetible 30 años después. Que cuando el pueblo no celebra algo es porque se supone que no tiene motivo alguno. O porque, sencillamente, no hay nada que celebrar.


Y si algún día se deja de celebrar la Diada, dudo mucho que salvo los cuatro exaltados y alguno más de ésos que se apuntan a un bombardeo, la eche de menos. Claro que Joel Joan y compañeros siempre podrán pegar botes en la terraza de la república independiente de su casa. Y en traje de Adán, si quieren. Sólo los verán los vecinos —o vecinas— y los demás nos ahorraremos el bochornoso espectáculo de ver cómo un cómico de la legua se declara «amigo de ETA».


Addenda de última hora.- Parece que hoy Joel Joan no es tan "amigo de ETA" como decía anteayer. Hoy dice que "se le entendió mal". Pero claro, cuando alguien como la ACVOT (Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas) estudia ponerte una querella por posible "enaltecimiento del terrorismo", la cosa cambia. Además, a la ACVOT no la pueden acusar de "estar manipulada por el PP". Alguien le avisó de que se había pasado diez pueblos. Y rectificó (o trató de hacerlo). Y es que por muy de izquierdas que sea el Govern y por mucho poder que pueda tener en estos momentos ERC, "con las cosas del comer no se juega". Imagínate que por declararte públicamente proetarra no te contratan ni en las fiestas de Palau de Plegamans, para una comedia de bofetadas...

11 de septiembre de 2007

Tibetanos

Qué manía, pero qué manía de identificarse con alguien tienen estos nacionalistas de vía estrecha. Los nacionalistas vascos, en el siglo pasado —yo creo que todavía hay quien lo cree— cogieron la perra de identificarse con Irlanda. A pesar de que existieron pocos o ningún punto de contacto entre las situaciones de partida de ambos territorios, los nacionalistas vascos se sentían unidos a los sinnfeiners, en los que reconocían a una especie de «hermanos liberados», mientras ellos seguían soportando la «esclavitud española». Razonamiento incomprensible, porque gracias a la explotación de las minas de Somorrostro, el país vasco llegó a ser una de las regiones más ricas y pujantes de España.


Algo parecido (mutatis mutandis) se puede decir que ocurrió en Cataluña. El mito nacionalista catalán, deudor como el vasco de las ensoñaciones literarias románticas, del romanticismo filosófico de Herder, nace durante la Renaixença, y es más o menos coetáneo de la desamortización eclesiástica de Pascual Madoz. Se construye, como el vasco, a partir de una falsedad histórica (la actuación de Rafael Casanova durante la Guerra de Sucesión: que, por cierto, se murió de viejo y cobrando una pensión que le otorgó Felipe V) y también parte de una situación de riqueza de la región. De algún modo, el nacionalismo en este momento es una «ensoñación burguesa». A diferencia, no obstante, de los vascos, el nacionalismo catalán parte con una ventaja respecto de éste: la lengua catalana es hablada por muchísima más gente que el euskera en Vascongadas por la misma época y la recuperación cultural avanza más rápido.


Plantémonos ahora en la época actual. Pujol, tratando de identificar(se) con alguna nación sin estado, vuelve los ojos hacia el Quebec, la región francófona del Canadá. Se puede decir que hay una cierta semejanza. Sin embargo, los referéndums por la independencia han fracasado estrepitosamente: por muy hartos que estén de Ottawa, los quebequeses quieren mayoritariamente seguir siendo canadienses. Lo curioso era ver aquí a Pujol, como en uno de esos anuncios de «Antes y después»: antes del referéndum, se desgañitaba afirmando que Cataluña se parecía mucho a Quebec; después, cuando el referéndum se estrellaba, Pujol rectificaba: «bueno, no se parece tanto».


Y ahora, Carod, a quien sus propios acaban de llamarle espanyol —manda huevos: llamar «español» a uno de los políticos más independentistas que hemos tenido que soportar—, como lo de Quebec no ha funcionado (diríase que los propios quebequeses pidieron al Govern que no los volviesen a mencionar), ha vuelto sus ojos al Tíbet, nada menos. No se puede concebir una situación política más alejada de la nuestra. Claro que Carod, con la manía de identificación que padecen los nacionalistas, tenía que ir más a la izquierda que Pujol. O simplemente, que ha aprovechado la visita del Dalai Lama para soltar esa memez, que sólo a él se le podría haber ocurrido. Porque en el Tíbet, como sabe cualquier persona medianamente informada, se persigue y se mata a los budistas tibetanos (los comunistas chinos no se andan por las ramas). Algo que, por suerte para Carod, no ocurre con los independentistas catalanes.


Y como Carod ha dicho que el 2014 es un buen año para plantear el referéndum sobre la independencia, vamos a aguantar siete años de coñazo identitario. Pero esta vez, además, aderezados con mantras y plegarias del Bardo Thôdol (el libro tibetano de los muertos). Eso sí, traducidas a un correcto y exquisito catalán estándar (o séase y para que nos entendamos, catalán de Barcelona). Me imagino que el Dalai Lama, además de aconsejarle sobre la paz —ése es el mensaje que al parecer traía—, le indicaría sobre cómo practicar los mantras. Algo parecido a esto…


ommmmmmmmmmmmm

d'aquí a set anys seré president de la República Catalana

ommmmmmmmmmmmm


Y bueno, que el día que lo sea no solamente impondrá la lengua catalana como ahora, sino que impondrá también la túnica naranja y la cabeza pelada al rape y… (hay que joderse lo tozudos que son estos maños…)

3 de agosto de 2007

155

Otro número que debería dar más que hablar y no lo hace. Éste es el número de uno de los artículos más necesarios de nuestra Constitución, habida cuenta de cómo está el patio hoy en día. El PNV —los supuestos «moderados»: tiene narices— dice orgullosamente que se pasa por el forro de… el arco de triunfo (por decirlo en fino) la sentencia del TS que le obliga a mostrar la bandera española en los edificios públicos.


No es el primer desplante que hace el PNV a la democracia española, a la que desprecia (diríamos que en realidad el PNV desprecia a toda democracia que no se pliega a sus intereses, pero más a la que sí se pliega a éstos). Tampoco, probablemente, sea el último: forma parte de su estrategia el encerrarse en una burbuja (la burbuja «euskalerriana») y negar la existencia y la capacidad, en su caso, a todo lo que se halle fuera de esa burbuja.


Pensemos ahora: ¿qué harían Alemania o Francia si un estado o región tuvieran la desfachatez de rechazar el cumplimiento inmediato de una resolución del Bundesgerichtshof o de la Cour Suprème? Estamos seguros de que entrarían en funcionamiento los mecanismos legalmente establecidos y la sentencia sería cumplida sin más contemplaciones, hasta por la fuerza pública o militar en caso necesario.


En España también disponemos de esos mecanismos, por cierto. Nuestra Constitución, inspirada en la Ley Fundamental alemana de 1955, prevé el citado artículo 155, que dice así (la negrita es nuestra):


«1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en caso de no ser atendido, con la aprobación de la mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.


2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a las autoridades de las Comunidades Autónomas.»


Creo que está fuera de toda duda que Euskadi se halla ahora en el supuesto del art. 155. Y por mucho que a Anasagasti se le atragante el marmitako, la Constitución establece una mayoría relativamente pequeña para tomar esas medidas. Sin embargo, el artículo tiene dos problemas en cuanto a su aplicación:


  1. El coste de oportunidad política: ningún Gobierno ha querido arriesgarse a una sangría de votos como la que provocaría la aplicación de este artículo, así como a la estigmatización como «Gobierno dictatorial» (o «fascista» o «franquista»). Suárez no lo hizo, pese a que tenía buenas razones para ello (la acción combinada del PNV y la ETA, que asesinaba a dirigentes de UCD con la suficiente frecuencia como para pensar en defenderse). Felipe González tampoco, para no perjudicar a los socialistas que andaban en comandita con el PNV en el Gobierno vasco. Aznar sí pudo hacerlo, pero en mi modesta opinión «no se atrevió» o creía que otras vías más «lentas» le darían mejor resultado a largo plazo. Y Zapo, pues… ya sabemos por qué tampoco toma esas medidas.

  2. El artículo 8 de la Constitución nos recuerda que el Ejército es el garante de la soberanía e independencia de España y el encargado de defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional. La cuestión que se plantea es la siguiente: después de tantos años y tantos esfuerzos (sobre todo, de los socialistas) para romperle la columna vertebral a ese «nido de fascistas» llamado Ejército, ¿está éste preparado para una eventualidad de tal calibre?

Sin duda, otros juristas más sesudos que este humilde opinante le encontrarán las vueltas a la aplicación o inaplicación del precepto constitucional. Pero básicamente lo que tenemos aquí es que un partido con responsabilidades de gobierno en una Comunidad se burla y toma por el pito del sereno al Estado. Si a nivel personal y como españoles que somos, cuando nos pasa algo así juramos en hebreo y decimos «de mí no se ríe nadie», además de dar al otro su merecido, ¿a qué espera nuestro Gobierno para hacer lo propio con el PNV? Estamos seguros de que el PP apoyaría una tal iniciativa. La lástima es que no caerá esa breva.

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