8 de septiembre de 2009

La guerra imaginaria

Ayer saltaba la noticia: nuestro aguerrido Ejército español, defendiéndose, se ha cargado a trece talibanes. Que no son «delincuentes», como dice la Menestra de turno, sino «insurgentes», lo cual es muy distinto. Luego quiere decirse que no estamos en misión de paz, como incansablemente han repetido los menestros de la cosa desde Bono.

Ya en otro lugar defendimos que la actuación española en Iraq no fue sino la de reconstrucción del país, «nada de tirar tiros». Ni siquiera estábamos en zona de peligro bélico. Distinto era –y es– que nadie se haya molestado en explicar al pueblo español qué hacíamos en Iraq. Incluso Inocencio Arias, poco sospechoso de ser aznarista o cosa parecida, desbarata los embustes sociatas referidos a la guerra de Iraq. Recordemos el soberano ridículo que hizo ZP al sacar precipitadamente las tropas de Iraq e invitar a las demás potencias a que hiciesen otro tanto. Y el ostracismo y adelgazamiento de poder al que se condenó a España desde entonces (lo de no levantarse al paso de la bandera de los USA fue la gota que colmó el vaso, nada más).

Sin embargo, algo ha cambiado. A Morotinos Catavinos le llegó una noche la inspiración y, a la mañana siguiente, corrió presuroso a Moncloa a contársela a su jefe.

–A ver, Curro, cuéntame esa idea tan maravillosa que has tenido –le invitó ZP–.

–Bueno… verás, jefe –empezó él–. Resulta que es verdad que desde hace tiempo que en el mundo mundial no pintamos gran cosa. No fue una buena idea lo de ofender a los americanos, ni con lo de la retirada ni con lo de la bandera. ¿Estás de acuerdo, jefe?

–Mira, Curro… eso me lo pedía el cuerpo. ¡A ver por qué nadie puede toserle a los USA! Pero yo lo hice. ¡Yo! –aquí se dio varios golpes en el pecho con el pulgar–. Además, no te olvides que una parte de nuestra propaganda se basa en nuestro anti-americanismo y eso a ciertos sectores de la izquierda les gustó, ¿o no?

–Sí, Presidente –Moratinos se armó de paciencia viendo que ZP estaba inspirado esa mañana–. Y te ayudó a ganar las elecciones. Pero eso desde entonces no nos ha traído más que problemas fuera de casa. Si hasta a nuestros soldados, cuando los veían los de las otras potencias, les hacían la imitación de la gallina. No deberías consentirlo.

–¿Y qué quieres que haga? –replicó ZP–. Además, no es a mí a quien se lo hacen. Es a ellos. Y a mí el Ejército nunca me ha gustado.

–Claro –remachó Moratinos–. Por eso tu abuelo rojo era capitán y te casaste con la hija de un teniente coronel.

Touché. Lo admito. Pero no me gustan esos tipos de uniforme. Entonces –dijo ZP, en tono más perentorio–, ¿qué es lo que propones?

Moratinos respiró hondo y empezó a explicarse.

–Verás. Mi idea es que tenemos que ganarnos al nuevo presidente Obama, tenerlo un poco más de nuestro lado. Bush era malo malísimo, ya lo sabes, y así lo creen ahora en todo el partido. Pero Obama no es Bush y puede ser que eso a nosotros nos favorezca.

ZP enarcó una ceja. Moratinos prosiguió.

–Obama dijo que no sólo no era inmediato que los USA se fuesen de Afganistán, sino que además incrementaría el contingente de soldados destinados allí. ¿Qué mejor forma de mostrar nuestro apoyo y empezar a ganar puntos que enviar soldados allí y mandarlos a las zonas de mayor peligro?

Para cuando terminó Moratinos su exposición, ZP se había puesto de varios colores y su cara rozaba el púrpura.

–¡Eso es una barbaridad! –vociferó ZP–.Va contra mis principios pacifistas –Moratinos hizo ademán de sorpresa; no sabía que su jefe tuviese principios y menos que peleara por ellos– y sobre todo, contra toda la propaganda que hicimos de Iraq. ¿Qué vamos a decir a las bases del partido?

–Eso es muy sencillo, Presidente. Las bases tragarán con cualquier cosa que tú les digas. Sólo hay que presentarlas bien. Se les dice que Obama es progresista, que es la versión americana del PSOE y que la guerra de Afganistán, al contrario que la de Iraq, es legal. Nuestros propagandistas y mamporreros harán el resto.

ZP meditó un momento.

–¿Y las críticas?

–Eso es fácil de evitar. Todos los diarios que controlamos empezarán a decir que quien critique la decisión es antipatriota y que no está con el Gobierno de España. Y si te refieres a Rajoy, sabes que con dos palabras le tapas. No tiene mayor problema. Los nacionalistas no te criticarán porque como es una guerra de España y ellos «no se sienten españoles»…

A ZP se le oía pensar.

–Todo atado, ¿no? No me acaba de convencer porque siempre hemos sido muy antiamericanos y ahora tú propones comerle la salchicha al negro. Además, se me ocurre que tendremos otro problema: ¿cómo explicamos que mandamos tropas a Afganistán y que al mismo tiempo estamos en la Alianza de So-Mamones?

Al cabo de un momento, a ZP se le iluminó la cara con una sonrisa.

–¡Ya lo tengo! Hablaré con Carme, a ver si puede mandar unos cuantos lejías con un CETME de extranjis. Desde luego, aquí no diremos que estamos en guerra. No sería bueno para la moral del partido. Y no vamos a dar muchas explicaciones de lo que pase. No queremos a toda la jauría encima.

–¿Y los muertos?

–Ningún problema, Curro. Los traeremos de madrugada y nadie se va a enterar en el momento. Es lo mismo que hacían cuando la UCD enterraba a los muertos de la ETA, ¿no? Pues nosotros podemos hacer igual. Y si hay que ponerles una medallita, les pondremos cualquiera que no indique que estamos en guerra. Los padres estarán contentos igual.

–Vaya comparación, Presidente…

–Bueno, pues lo haremos así –dijo ZP, en un tono concluyente–. ¡Por Jakin y por Boaz! Creía que no llegaríamos a encontrar una solución al problema. Te mereces un descanso, Curro. Llamaré a Cebrián para que te escriba un panegírico en El País y a los chicos de Público para que te hagan un reportaje a todo color destacando lo buen político que eres.

–Gracias, Presidente. No merezco tanto honor…

–¡Que sí, hombre! –y al decir esto, ZP le dio una palmada en la espalda–. Venga, hoy tienes el día libre.

–Gracias, Presidente. Te mereces el premio Nobel de la Paz –repuso Moratinos, todo emocionado–.

–Bueno, venga… Vete, que me espera una jornada muy apretada hoy.

–Adiós, Presidente.

Y así nos va, desde entonces.

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