
Pero por encima de su calidad musical, indudable, estaba su calidad humana. En un régimen dictatorial como el soviético, se atrevió a alzar la voz contra el ostracismo al que sometieron a intelectuales como Solzhenitsin o Sajarov por defender los derechos humanos. Sufrió persecución e incluso le llegaron a retirar la nacionalidad soviética. Defender los derechos humanos en esa dictadura, incluso en los "suaves" tiempos de Brezhnev, era jugársela: paredón, deportación a Siberia, lista negra... Pero él se la jugó. Y salió ganando. Y a fin de cuentas, la nacionalidad se la devolvieron en 1990.
Necesitamos un Rostropovich aquí. Alguien que se enfrente a la pesadez de las estructuras culturales, al dominio de los mediocres, de los lameculos, de los vividores. Le condenarán al ostracismo, pero ésa fue precisamente la gloria de Slava: sufrir persecución en nombre de la libertad. Ése sí fue un luchador de la libertad y no otros que, agazapados en sus cómodos puestos de profesores universitarios o funcionarios de cuarta, nunca protestaron contra lo que creían una injusticia.
He escogido esta foto para recordarle sonriente y junto a la persona que más amó: su esposa, Galina Vishnevskaya. Soprano de renombre internacional, a quien recuerdo especialmente por su participación en el estreno y grabación del War Requiem, de Britten, que cantó junto al tenor inglés Peter Pears y el barítono alemán Dietrich Fischer-Dieskau en 1961. Presentes en la guerra y en la paz.
Mis condolencias a su viuda. Slava, descanse en paz.
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