31 de enero de 2007

Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer!

Este grito, que hoy pone los pelos de punta al más pintado, resume lo que Hitler prometía a la nación alemana: unidad, poder y guía.

  • Unidad dentro de Alemania: en el momento de la llegada de Hitler al poder (1933), apenas hacía sesenta años que los treinta y ocho estados alemanes se habían unificado en una sola nación bajo Federico Guillermo IV y su Eisenkanzler, Otto von Bismarck.

  • Y unidad fuera de Alemania: con el Anschluss (anexión) de 1938, Alemania no sólo amplía sus fronteras, sino que unifica con la "excusa" de la lengua y la cultura alemanas (Austria y Checoslovaquia). A Suiza no les dio tiempo a llegar, pero seguro que estaba en sus planes.
Hitler toca una tecla muy importante en el inconsciente colectivo alemán, que provoca, entre otros efectos, que a muchos alemanes no les importe que Hitler culpe a los judíos de las desgracias del pueblo alemán.

  • Poder, desde luego: un Estado único y centralizado, fuerte e incómodamente policial, pero "grande" al fin y al cabo.
  • Y guía: Hitler se presenta como "el elegido de los dioses para llevar a Alemania al puesto de honor entre las potencias mundiales" (y de paso vengar el Dolchstoss o "puñalada por la espalda" que supuso el humillante Tratado de Versalles).
A lo mejor me equivoco, pero presiento que todos esos elementos comienzan a darse en Euskadi. La unidad es la que se reclama desde el Zazpiak-Bat (siete en uno), es decir, los siete "herrialdes" vascos. Pero no sólo ésa: recordemos a Federico Krutwig, que además de eso pedía un trozo de Santander y otro de Aragón, al modo de los Sudetes checoslovacos (exigencia suscrita también por la ETA actual); pero sobre todo para asegurarse un lebensraum (otra vez esa odiada palabra nazi).

El chivo expiatorio son aquí los maketos o coreanos. Maketos que en los tiempos de Sabino Arana (Fundador de la Idea y rico venido a menos) eran simples obreros a quienes les gustaba el baile agarrao. Maketos que hoy en día son los "pervertidores de la raza vasca", "los de fuera", etc. Y por supuesto: maketos a los que los "buenos gudaris vascos" pueden combatir, ya sea extorsionándolos, disparándoles en la nuca, poniéndoles bombas en el bajo fondo de su coche, o quemándoles el negocio. La "puñalada por la espalda", o más castizo, la puñalá trapera es, al parecer, el Estatuto de Gernika.

El mito de la "vieja que pasó llorando" es en realidad el de una diosa lunar sangrienta. No importa que no se llame Ártemis o Daphoene, o que no tenga ojos de vaca, como Ío. La diosa exige sacrificios humanos. Y quiere a su tribu convertida en masa indiferenciada, porque así, al modo de Fuenteovejuna (el pueblo se llama en realidad Fuente Obejuna), todos y nadie es culpable de las barbaridades que se cometan. Por eso, cuando alguien "agrede" al lehendakari (o al Molt Honorable, en su caso), no está agrediendo solamente a la persona física. "Agrede" también al Urvolk (traducible libremente como "pueblo originario" o "esencia del pueblo" vasco o catalán), de cuyas esencias el lehendakari (o Molt Honorable) se considera depositario universal.

Formulaciones decimonónicas que, por lo que se ve, no han sido totalmente digeridas y mucho menos, superadas. Precisamente eso nos costó un disgusto que durante cuarenta años se puso en el congelador. Y ahora, al alimón de la debilidad del Gobierno de la nación, vuelve a salir a la palestra. Personas y partidos con el corazón parado en 1931, o tal vez antes.

Finalmente, nuestra generación es la que tiene la obligación de subsanar el problema que se creó no en 1936, ni en 1931, sino en 1898. Ya no podemos escurrir más el bulto. O eso, o traspasamos el problema a la próxima generación, de acuerdo con el españolísmo el que venga detrás, que se j...

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